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La ONU ante su propia tragedia
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Crónica escrita por Diego Antoni acerca de su experiencia como funcionario de Naciones Unidas en Haití, publicada por el periódico Reforma. Antoni es director de Gobernabilidad Democrática del PNUD México, y uno de los oficiales de enlace de ONU-México en la misión humanitaria mexicana que llegó a Puerto Príncipe el 14 de enero.

Por Diego Antoni

Son rostros duros. La fatiga aparece cuando levantan la mirada de sus laptops y la fijan sobre una mesa con cables dispersos, alguna que otra manzana, botellas vacías y más teclados vapuleados con prisa. Lo importante es no perder la concentración. No pensar en los alaridos, la sangre, los cuerpos inertes de la primera noche y, sobre todo, en los familiares, los amigos y los colegas que permanecen bajo los escombros.

En un abrir y cerrar de ojos, quienes están alrededor de la mesa tuvieron que tomar todas las decisiones, cargar con la enorme tragedia haitiana y hacer de tripas corazón. Los responsables de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (MINUSTAH, por su acrónimo en francés) se encontraban debajo de toneladas de concreto en lo que todos seguían llamando el hotel Christopher, un edificio de cinco pisos que en 2004 había pasado de albergar turistas a ser la sede de comando de una de las operaciones de paz más grandes de la ONU. Durante las primeras horas, la coordinadora residente y representante especial adjunta del secretario general en Haití, Kim Bolduc, estuvo al frente y logró establecer las primeras comunicaciones con el exterior, logró organizar un cuerpo militar descabezado. Una mujer menuda ante un ejército compuesto prácticamente en su totalidad por hombres.

La presión es terrible. La víspera, evacuaron de emergencia a un funcionario de la Unión Europea con un derrame cerebral, unas horas después de una reunión para coordinar el llamado G-11, el grupo de donantes más importantes de Haití. Tan pronto se sentaron los asistentes a la reunión, el funcionario estalló en gritos pidiendo que la discusión fuera al grano. Llevaba una semana sin noticias de su adjunta.

Por alguna razón, el temblor no dañó el aeropuerto ni la vecina base logística de la MINUSTAH, que muy rápidamente se convirtió en el centro de operaciones de la respuesta humanitaria. El gobierno haitiano no había corrido con la misma suerte. Sus edificios más importantes estaban en el piso o severamente dañados. No había comunicaciones y hasta el presidente Préval se había quedado sin casa, sin víveres.

Son innumerables las historias, las anécdotas y las tragedias que seguían ocurriendo cuando llegamos al aeropuerto de Puerto Príncipe el jueves 14 de enero por la mañana, menos de 48 horas después del temblor, como parte de la misión mexicana de ayuda humanitaria. Nosotros mismos viviríamos las nuestras. Estuvimos frente a lo que quedaba del hotel Christopher, un amasijo de balcones y varillas de metal en donde parecía imposible que hubiera vida, y dos días después supimos que rescataron de allí a dos personas. Jan, un funcionario de la MINUSTAH, fue uno de ellos. Durante varios días lo vimos pasearse, flaco y ojeroso, por la base entre abrazos y miradas enternecidas. Su historia, sin embargo, no le supuso ningún privilegio respecto a los demás. Desde el principio, los nuevos habitantes de la base se adaptaron a las condiciones: colchones en el césped, escasez de agua, víveres y más aún de descanso, a causa del ensordecedor ruido de las decenas de aviones militares que van y vuelven durante las 24 horas. Por encima de las vivencias personales, la gran mayoría devastadoras, vimos heroísmo y devoción; compromiso a prueba de balas para sacar adelante la ayuda humanitaria.

"¿Qué más quieren que hagamos?", nos dijo una y otra vez Etienne, uno de los encargados por parte del Programa Mundial de Alimentos de desplegar los víveres que empezaron a llegar en grandes cantidades de todas partes del mundo, pero que aún son insuficientes para asistir a los más de 3 millones de haitianos que se han quedado sin nada en Puerto Príncipe, Leogane y Jacmel.

Etienne ha tenido que sortear toda clase de dificultades, desde la desaparición de choferes de sus tráilers hasta la enorme cantidad de escombros que en las calles impiden el paso de la ayuda. Entiende que la desesperación de la población lleve a algunos damnificados a lanzarle piedras a los camiones que llevan la comida. Lo que no entiende es que los medios de comunicación internacionales cuestionen la rapidez o la capacidad de la respuesta de la ONU ante la emergencia. Durante 10 días, quienes asistimos por parte de la oficina de la ONU en México al despliegue de los mecanismos humanitarios, nos hicimos la misma pregunta. La respuesta a la que llegué es que las dimensiones de la tragedia son tan colosales que aun el heroísmo de los que sobrevivieron y se quedaron a ayudar, o el histórico nivel de respuesta de la comunidad internacional, se quedan cortos.

Retos a futuro

La tragedia asoma por doquier: en la cantidad de muertos y heridos, en el dolor de quienes han sobrevivido, en las evaluaciones de los daños, en los cálculos de las necesidades inmediatas, en la prospectiva de corto, mediano y largo plazos. Las preguntas que se hacen las autoridades haitianas y la comunidad internacional tienen más que ver con procesos de construcción que parten de cero, como ha sido el caso de Timor Leste después de su independencia de Indonesia, que con lo que vivimos en México después del sismo de 1985. ¿Estará la capital ubicada en el mismo lugar? ¿Cómo restablecer las capacidades de un Estado seriamente lastimado? ¿Cuál debe ser la vocación económica y productiva de un país que antes del temblor ya conocía los mayores flagelos de pobreza del continente? ¿Cómo lidiar en el corto plazo con las carencias de unas 7 millones de personas que han sido afectadas en menor o mayor medida?

Muchas preguntas tienen que ver con la esencia misma de la identidad haitiana, con la manera en que las y los haitianos quieren conjugar el "nosotros".

"El mayor desafío para este pueblo sigue siendo generar una cohesión social mínima. Durante mucho tiempo, el créole (idioma inventado por los esclavos para no ser entendidos por los colonos franceses) unió grupos étnicos y sociales muy diversos pero hoy no basta", nos dijo un antropólogo social que estaba por salir a Jacmel para trabajar con las comunidades en la reconstrucción de esta ciudad situada al sur de Puerto Príncipe.

Es aún prematuro imaginar cómo transformará una tragedia de esta magnitud una identidad tan compleja como la haitiana, pero es evidente que despertará sus aguas más profundas, como sucedió en México. Desde ya, ha sido muy llamativa la respuesta de las organizaciones de la sociedad civil haitianas. Han sido alrededor de 400 las que se han inscrito en los últimos días en el centro de atención instalado en la base logística por la Oficina para la Coordinación de los Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés), desde el Comité Olímpico Haitiano hasta las asociaciones de barrio. Todos los días participan, junto con más de 60 ONG internacionales, en las reuniones de coordinación que llevan a cabo los grupos temáticos establecidos por OCHA. Estas ONG serán clave para apoyar a las autoridades haitianas en la fase de reconstrucción. También lo serán para restaurar un tejido social muy lastimado por el "sálvese quien pueda" de estos días.

Lo que también es un hecho es que en Haití la comunidad internacional se está jugando su capacidad de respuesta solidaria. Hasta el momento ha acudido de manera masiva. Estando en Puerto Príncipe, vimos aterrizar aviones bolivianos, libaneses, rusos, israelíes y chilenos, además de la muy fuerte presencia estadounidense, canadiense y europea. En la bahía estaban fondeados decenas de barcos, incluyendo el Huasteco de México con más de 200 toneladas de ayuda. Los equipos de rescate provenientes de dos docenas de países permitieron salvar más vidas (alrededor de 130) que en ninguna otra tragedia de este tipo. En Puerto Príncipe ya son famosas las historias de misiones que parecían imposibles, como aquella que llevaron a cabo rescatistas internacionales para encontrar con vida a Nadine, una de las dueñas del hotel Montana que ya estaba dada por muerta. Gracias a que los rescatistas insistieron en detener la maquinaria pesada, Nadine reconoció la voz de su hijo Sylvain al llamarla y gritó con todas su fuerzas debajo de varias toneladas de escombros.

Pero lo más difícil para la comunidad internacional está por venir. Su principal desafío consiste en racionalizar y ordenar la enorme ola de solidaridad que proviene de ciudadanos de los cuatro rincones del mundo, al tiempo que apoya al gobierno y a la sociedad de Haití para que ellos tengan la última palabra respecto a cómo reconstruir su país. En el camino habrá que lidiar con enormes asimetrías de poder entre quienes acuden a ayudar (desde Estados Unidos hasta pequeñas ONG), amén de los fuertes intereses económicos que ya se dejan sentir. Hasta el momento, la ayuda prometida rebasa los mil 180 millones de dólares. Casi la tercera parte proviene de donantes privados: empresas y organizaciones de la sociedad civil, que intentarán incidir en los procesos de toma de decisión.

En cuanto a las autoridades haitianas, estaban previstas elecciones parlamentarias esta primavera y presidenciales en otoño, mismas que seguramente tendrán que posponerse con las subsecuentes tensiones políticas que supone la incertidumbre. En medio de este complicado panorama, esta semana se reunieron en Montreal todos los actores gubernamentales involucrados. Se acordaron mecanismos básicos de coordinación y un calendario de futuras reuniones, la próxima en marzo en Nueva York. También se ratificó el liderazgo de la ONU en la coordinación de la ayuda humanitaria.

El espaldarazo otorgado a la ONU es un reconocimiento al trabajo de quienes día a día siguen entregando lo mejor de sí mismos desde la base logística y contra viento y marea. Hay una escena que no olvidaré y que retrata el temple y el compromiso del equipo que nunca dejó de operar desde aquella mesa de trabajo. Una noche de mucho trajín y poco dormir, llegó el colega que tenía a su mujer atrapada en el hotel Christopher en ruinas. Alguien había contestado el celular que traía cuando desapareció. Se escuchaba una voz muy débil. Al haber retirado una parte de los escombros, era factible que el celular tuviera una mejor señal. Quienes estaban alrededor de la mesa salieron disparados en busca de los rescatistas y sus perros. Todo era euforia y esperanza. El convoy se abrió paso por una ciudad en tinieblas, entre las miles de personas que ocupaban las calles para intentar dormir. Su cita no era con la vida sino con la muerte: apenas llegar al Christopher, el colega esperanzado fue llamado aparte para reconocer el cadáver de su mujer. Se abrió nuevamente el abismo del dolor de todo un equipo que, pese a todo, regresó a la base logística... a trabajar.

El autor es director de Gobernabilidad Democrática del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en México, y uno de los oficiales de enlace de la ONU-México en la misión humanitaria mexicana que llegó a Puerto Príncipe el 14 de enero.



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