Día Mundial de la Madre Tierra
21 de abril de 2010
Palabras del Coordinador Residente de las Naciones Unidas en México, Magdy Martínez-Solimán.
Presentación:
Excmo. Señor Presidente de la República, Maestro Felipe Calderón Hinojosa
Excmo. Sr. Gobernador de Veracruz, Lic. Fidel Herrera Beltrán
Sr. Secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Ingeniero Juan
Rafael Elvira Quesada
Sra. Secretaria de Energía, Dra. Georgina Kessel
Dr. Juan José Suárez Coppel, Director General de Pemex
Don Carlos Romero Deschamps, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana
Distinguidas y distinguidos asistentes al evento, Señoras y Señores:
Como Coordinador Residente de las Naciones Unidas en México, es un honor estar presente en la conmemoración del Día Mundial de la Madre Tierra, particularmente en este año, en el marco de la celebración de la primera década de la Carta de la Tierra. También es señalada la celebración por convocarse este año la CoP XVI en Cancún, bajo la Presidencia del Ingeniero Elvira. La invitación del Presidente Calderón a la décimo sexta Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático sitúa sin duda en perspectiva esta celebración de la Madre Tierra.
Nos enorgullece que el Gobierno de México incorpore el significado de la Carta en su agenda de desarrollo sustentable. Este documento, que resulta de uno de los procesos participativos más amplios en la redacción de una declaración internacional, es un verdadero intento de crear un tratado de los pueblos por un nuevo sentido de bienestar, desarrollo y justicia en el contexto de los apremiantes desafíos que presenta la variabilidad climática y de la creciente presión sobre los ecosistemas y recursos naturales de los cuales depende el ser humano.
Introducción: antecedentes y visión.
En muchos idiomas originarios, madre y tierra son significados que tienen un solo significante. Se dicen de la misma manera y hay que adivinar cuál de los dos es referido en función del contexto. Ello se debe, probablemente, a que a ambas, a la madre y a la tierra, debemos amor y respeto, ya que a ambas debemos la vida. A ambas debemos de cuidar para preservar la especie y a ambas demostrar la gratitud por el don único de la existencia. Por supuesto que en el concepto de desarrollo sustentable subyace la importancia de las perspectivas económicas y ambientales. Pero quisiera hoy en mis palabras resaltar el cometido ético, la sencilla, que no simple, dimensión humanista que se contiene en la defensa de nuestro universo.
La Declaración de Estocolmo en 1972 y el Informe Brundtland de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU en 1987, aportaron la definición del desarrollo sustentable, la relación entre la cobertura de las necesidades de las generaciones presentes con la capacidad limitada de los ecosistemas para lograrlo. Nos dieron un ultimátum al decirnos que no podíamos seguir dilapidando nuestro capital natural. El Club de Roma nos dijo que había un límite al crecimiento. Supimos que nuestro planeta pertenece a los que vendrán.
Se cuestionó a partir de entonces el ritmo y la magnitud con los cuales se extraían los recursos naturales y se modificaban los ecosistemas para alimentar el metabolismo industrial. Cuando el ansia por transformar la naturaleza a su paso degradaba los suelos, saturaba de contaminantes el aire y el agua, limitaba la diversidad para siempre y con ello erosionaba nuestro bienestar, el ser humano se topó con las consecuencias de su propio dinamismo, que demostró ser demasiado voraz para la tierra. No era ésta un pozo sin fondo, un cuerno de la abundancia sin fin. Nuestro presente empezaba a amenazar nuestro futuro.
Es así que la propuesta del desarrollo sustentable pidió equilibrio entre el progreso económico y la degradación ambiental, exigió una nueva conciencia sobre la fragilidad de la vida, la finitud de los recursos y el deber de conservar la diversidad, la riqueza y la belleza de la Tierra para las generaciones futuras. Como lo expresa el Dr. Enrique Leff, renombrado ambientalista mexicano, es preciso promover una nueva “ética de la vida” fundamentada en “la voluntad de poder vivir con gracia, con gusto, con imaginación y con pasión, la vida en este planeta terrenal.” La Carta de la Tierra es el esfuerzo colectivo y global que responde a estas inquietudes, a la condición humana trastocada por las convulsiones de la modernidad.
Diez años de avance
A diez años del lanzamiento de este marco de valores, los avances en México y en el mundo han sido contundentes y sustantivos. México ha difundido de manera activa la Carta, a través de sistemas educativos, publicaciones, encuentros regionales y nacionales, así como mediante los Consejos Consultivos de Desarrollo Sustentable. Como resultado de estos esfuerzos, la Carta de la Tierra ha sido avalada por gobiernos locales, institutos académicos, empresas, organizaciones de la sociedad civil, así como por jóvenes y adultos comprometidos.
Y es que necesitamos ese caudal de compromiso, porque nos enfrentamos a una de las amenazas más graves, complejas y multifacéticas que hayamos conocido. El cambio climático peligroso, inducido por la actividad humana, no es sólo un problema ambiental, sino un desafío con claras consecuencias económicas y sociales, las cuales obstaculizan el camino hacia el desarrollo sustentable, la justicia, la equidad y el combate a la pobreza. A apenas unos meses de la gran cita del Cambio Climático, hemos de recordar lo que no pudo ser en la Conferencia de Copenhague, donde sin duda nos fuimos con la insatisfacción de haber vivido un tropiezo. Para animarnos, nos recordábamos entre amigos de América Latina y España, en las frías noches de Dinamarca, aquél proverbio de mi tierra que dice: “el que tropieza y no cae, adelanta terreno”. Y sin duda que no caímos y que hoy comprobamos que hay terreno adelantado hacia Cancún, que ahora podemos rematar con el impulso de México.
La mejor estrategia, además de las complejidades de la negociación, será la que difunda y persuada de la necesidad ética de la sustentabilidad. Del mismo modo que la rentable pero abominable esclavitud no se abolió por una razón económica sino por una convicción moral, la agenda del desarrollo humano no se abrirá paso en los libros de cuentas sino en los corazones. Los límites biofísicos no son sino espejo de nuestros propios límites. No somos mucho más de lo que heredamos, ni tampoco un ápice menos de lo que consigamos preservar para nuestros hijos.
Les dejo con una cita que une a mi país y al de Ustedes, la reflexión de León Felipe en México en 1942, sobre porqué habla tan alto el español. Dice el bardo que “Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica. Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe. La primera fue cuando descubrimos este Continente y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla.”
Señor Presidente, el grito de tierra es el grito de salvación y esperanza de todo marinero que se creía perdido. Es también la llamada que hoy hacemos nuestra para juntos salvar al planeta.
Muchas gracias
|